¿FUE ALGO QUE DIJE?

Por: JOSÉ ARTURO EALO GAVIRIA.


San Marcos (Sucre), martes, 6:00 P.M. del 27 de diciembre de 1949.

»La noticia de hoy, mataron al cabo Ríos. ¿Supo don Cesar? Esta mañana, los secuaces de la Popol asistían a su sepelio escuchándose un repiquetear de duelo mientras por las calles del centro, Lácidez Álvarez pregonaba a todo pulmón: “¡¿Por quién doblan las campanas?! — y él mismo respondía — ¡Por el cabo Ríos!…” Se empinaba un trago de ron y brindaba satisfactoriamente. En el corredor de su casa, el Hotel San Marcos, ondeándose en una mecedora volvió a vociferar: “¡¿Por quién doblan las campanas?!… ¡Por el cabo Ríos!”, y de nuevo celebró con un largo sorbo«.

»No se merecía otra muerte, don Juan de Dios. Como usted sabe, Ayer fue el tercer día de corralejas y en la noche, como todas las anteriores, el Parque Bolívar y el Puerto Real se colmaron de gente para asistir al fandango. Yo iba vestido de blanco, sin dejar  mi sombrero vueltiao, por supuesto. Mientras esperaba a Jazmín, mi pareja, me fui a jugar billar al Champion. Allí estaba el cabo Ríos, vestía de civil; llevaba su revólver ajustado entre la pretina del pantalón y su enorme panza. En ocasiones salía del bar y hacía disparos al aire. Al terminar un partido de buchácaras, yo aproveché para orinar a cerca de la ciénaga. Estando allí escuché un tiro, y me acordé que había dejado mi sombrero en la mesa donde jugué, salí corriendo a buscarlo, y al entrar, cuál sería mi sorpresa, vi la pared salpicada más de grasa que de sangre. El cabo Ríos en agonía se desplomaba por un disparo que le propinó el soldado Novoa con su fusil grass a la altura del estómago.  Al ir por mi sombrero que estaba junto al desahuciado cabo, en su último y apagado balbuceo escuché expresarle: ¿Fue algo que dije?, y las pupilas se le perdieron en la órbita de sus ojos.  Enseguida murió«

»Sus atrocidades no tienen perdón compadre César. En casos como éste es injusto decir que Dios creó al hombre.  A los liberales, la policía política, más conocida como la Popol y dirigida por el alcalde conservador en turno, siempre nos ha atacado. Claro, que los alcaldes para evadir responsabilidades se hacen los de la vista gorda. Entre los policías Baracalvo, “El Tigre Mono”, “El Golero”, el turbaquero Luis Lombana –alias “Mano Pelúa”- y su superior, el finado cabo Ríos, han cometido toda clase de atropellos donde hay una familia liberal; violan a las hijas y esposas de los jefes de hogar delante de ellos, teniendo éstos que quedarse callados para que no se sepa en todo San Marcos. Además de levantarlos a golpes, planazos y martirizarlos con una especie de bayoneta, le preguntan mientras deshonran a su familia: “¡¿No te gustó?!”, y si dice que “no”, las vuelven a ultrajar.  Mire, una mañana que iba a viajar a Cecilia, me encontraba aquí, en el Puerto Real. Como costumbre yo guardaba mi revolver en la alforja.  No sé cómo se enteró el cabo Ríos que lo llevaba, y se me acercó con gesto de pedantería. Permítame hacerle una requisa, me dijo. Se asombró al ver mi arma. ¡Entrégueme el revólver!, me expresó. ¿A razón de qué se lo voy a entregar?, le dije. Yo lo saqué y lo lancé lejos. ¡Vaya a buscarlo al fondo de la ciénaga!, le grité.  Abusando de su autoridad, destrabó la espada-bayoneta de su fusil, y con el plan de ella me azotó varias veces ante la mirada perpleja de los transeúntes y me condujo a los calabozos del comando.  Me tuvo detenido por un día, pero demoré cierto tiempo con las heridas y marcas del arma blanca«

»Yo me enteré de eso don Juan de Dios.  Lo mismo que con usted lo hizo con otras personas.  Pero tenía que pagarlo tarde o temprano, con razón al hacer el levantamiento de su cadáver, la orden militar fue que no lo cargaran sino que lo llevaran a rastras, y tiraron de él por el cuello de la camisa, arrastrándolo desde el bar El Champion hasta el comando de la policía.  Aún queda la marca de sangre por donde lo arrastraron.  Se lo merecía, el que a hierro mata a hierro muere.  Todavía me parece escuchar los disparos que hizo anoche a la medianoche. Sí, don Juan de Dios, creo estar escuchándolos…«

¡Pum!… ¡Pum!
—Mayor Flórez, alguien está haciendo disparos en la calle.
—Novoa, la misión provisional de nuestro destacamento en San Marcos es preservar la paz.  Últimamente se están cometiendo muchos abusos.
—Lo sé, mayor.
—Bueno, vaya y tráigame el arma de quien esté haciendo disparos, mire que estoy en una fiesta con lo más granado de la sociedad sanmarquera.  No vamos a dejar que nadie dañe las fiestas de corralejas y los fandangos del pueblo.
—Como usted ordene mi mayor.

El soldado Miguel Novoa salió del club a cumplir la orden. Se paró en la mitad de la calle para estar atento a un nuevo disparo.  ¡Pum!… Su respuesta no se hizo esperar y de inmediato se dirigió hacia el lugar de donde provenía el tiro.

— ¡“Blacho”, dame una cerveza!  Quiero escuchar Salsipuedes, de Lucho Bermúdez.
—No… no…
— ¡Cómo, ¿no vas a atender a Evaristo Ríos: el cabo Ríos?!
—No… no… me demoro, ya… ya lo… lo atiendo caca… cabo Ríos.
—Ya estoy cansado de estas mesas de billar y de ver a estos pendejos aquí jugando, voy a tomar un poco de aire allá afuera.
—To… tome cabo Ríos.
— ¡Dame acá!…  Qué lindo canta Matilde Díaz. En mis treinta y cinco años nunca he escuchado una voz tan hermosa como la de ella… Voy aquí afuera…

Balanceando la botella de cerveza al ritmo de Salsipuedes, el cabo Ríos salió a la puerta del Champion y de la emoción sacó el revólver para hacer un disparo, pero de pronto se sorprendió cuando vio que un soldado lo miraba detenidamente.
— ¡Oiga, usted, el que está haciendo disparos, entrégueme el arma!
— ¿Quién me da orden?…  tú soldaducho… ¿Acaso no sabes quién soy?
— ¿Quién es usted?
— ¡Yo soy el cabo Ríos!
— ¿Cabo?, ¿vestido de civil?, ¿disparando y buscando herir a alguien?
— Sí.  Soy el cabo Ríos, y no le voy a entregar el revólver.
—Entonces iré donde el mayor Flórez que usted no me quiso entregar su arma.
—Vaya dígale, soldadito, aquí lo espero.
El soldado se encaminó de inmediato donde el mayor Flórez.  El hombre que está disparando es un civil que dice ser el cabo Ríos, dijo Novoa.  La orden que le di fue que me trajera el arma, le interpeló su superior.  El cabo Ríos, un tanto nervioso y pensando que el soldado iba a regresar, se recostó en una mesa de billar, y en ella colocó su revólver a manera de desafío. Novoa volvió, y antes de repetirle la orden, sus labios evocaron en voz baja la oración del Justo Juez.
— ¡Oiga, usted, quien dice llamarse cabo Ríos, entrégueme el arma! —dijo Novoa.
— ¡No te la voy a dar, soldado marica, y la única forma que la puedes tener, es sobre mi cadáver! —expresó con ira el cabo Ríos — ¡Ven por ella!

Al intentar el cabo Ríos buscar su revólver en la mesa de billar, Novoa, a la expectativa del menor movimiento de él, montó con rapidez su fusil grass. Se agachó con agilidad. Lo midió. Se acomodó.  Detuvo su respiración. Apuntó y disparó sin misericordia en la humanidad del cabo Ríos, quien perdió la firmeza del pulso de la mano en que llevaba el revólver y saltó de espaldas por encima de la mesa de billar. Al verse que se desangraba por su estómago humeando, su expresión fue de horror. Su voz fue el desenlace que farfullaba en un interrogante escapado por la comisura de sus labios.
¡Mataron al cabo Ríos!, fue un grito de júbilo para muchos, pero no el fin.

Publicado Por Jose on May 5th, 2009 and filed under General. usted puede seguir las respuestas a esta entrada atraves de RSS 2.0. You can leave a response by filling following comment form or trackback to this entry from your site

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