Por: Lic. Ricardo Torregroza de la Ossa
El visitante y, aún el sanmarquero indagan sin obtener una explicación plausible en torno a la figura antropozoomorfa que, avizora y vigía custodia desde el Puerto Real a la Ciénaga de San Marcos.
He aquí que discurriendo entre el mito y la leyenda; entre la Geografía y la Historia nos hayamos propuesto contribuir sin demasía al conocimiento y difusión de este mito de raíces tan ancestrales y vernáculas como nosotros mismos.
JEGUA un caserío veredal y ribereño del San Jorge, tipifica mejor que ningún otro de la “DEPRESIÓN MOMPOSINA”, la CULTURA ANFIBIA generada por la versatilidad innata de los habitantes de veredas, caseríos y pueblos de los ríos, caños, playones y manigua de la “DEPRESIÓN”, donde campean el rigor y la dureza de un MEDIO proclive hacia lo precario que, desde siempre osciló entre la adversidad y la adaptación. Como taxativamente afirma Fals Borda: “Este pueblo anfibio, ante el impacto de los cambios históricos ha asumido un equilibrio un tanto inestable entre el trabajo y las condiciones del medio.
Uno de los mecanismos más insólitos y sugestivos pero esencial de este malabarismo de vida, es el llamado “Rebusque” término que alguna vez folclóricamente acuñó la gente riana. El “Rebusque”, otra vez con Fals Borda, “es la técnica improvisada de saber vivir y trabajar con elementos a la mano que ofrezcan los ríos, caños, ciénagas, playones y selvas” que dimensionan la vastedad y policromía del paisaje.
El “Rebusque” encuentra su réplica, su complemento, en el “Aguante”, que es un sobrevivir heroico para satisfacer las necesidades. Aunque aparentemente puedan sonar fatalistas expresiones del riano, producto del estatismo físico, la desidia o la indolencia, el “Rebusque” y el “Aguante”, muy por el contrario, como acota Fals Borda “son técnicas de supervivencia y de manejo”, modus vivendi que se ha revertido en expresión cultural del hombre anfibio.
El “Rebusque” y el “Aguante” son además normas vitales que el hombre anfibio asimila desde niño, desarrolla en la mocedad, acrisolada en la madurez y termina reciclando temática y míticamente en la vejez. Este ciclo de vida, ha venido gestando desde tiempos inmemoriales una tradición de dureza cultural frente a las adversidades que se tienen de siempre y que desde muy atrás se evidencian en el “Aguante”, como actitud conservadora de la vida y que, al alentar espiritualmente en el hombre anfibio lo hacen estoico e indomable, aflorando peculiarmente en su habilidad y recursividad para el rebusque, destrezas ingeniosamente entretejidas sobre el cañamazo de su acontecer histórico.