
JOSÉ ARTURO EALO GAVIRIA.
Las Flores (San Marcos, Sucre).
Venir a Las Flores fue un anhelo que abrigué desde niño. Ocurrió un incendio antes que yo naciera. Si bien estuve años atrás, fue fugazmente, como si nunca hubiera venido. Quedó en mis recuerdos la imagen de un caserón viejo humillado por las ráfagas del viento y sostenido cual esqueleto arrollado por el desdén de los años. Perteneció esa casa al general Acuña, dijo Sacramento, mientras encendía unos mechones en un rincón de la playa.
»Te voy a contar —expresó Sacramento, mirándome—. Sucedió un mes de agosto en una noche parecida a ésta. El currao cantó su presagio de lluvia. Sobre el pueblo se estacionaron ondas de borrascas y la incertidumbre iba de patio en patio. Temerariamente irrumpieron las sombras. La ciénaga se encrespó a golpe de ventisca. Qué miedo. La soledad espantaba en cada rincón ya avanzada la noche. Centelleaba. Las nubes bañadas de resplandor descubrían un drama sin piedad. La brisa penetraba por doquier. Apenas se respiró la humedad el cielo se derramó a caudales«
»Después de una tanda de relámpagos se desencajaron truenos que suscitaban espasmo. En cada retumbo el cielo parecía hacerse añicos. La lluvia danzaba a merced del viento que silbaba, rugía y despedazaba. Los perros aullaban en lejanía. Y el pánico hacía castañetear los dientes del canino que vagabundeaba por la calle. Instaba resplandores y lo que no tenía sombra. Lo inanimado pareció cobrar vida para el padre Nicéforo Ortega, como un ángel que supuestamente batió sus alas. Su rostro aprehendió el estupor. Se persignó y rezó con devoción un Padre Nuestro. Caminó a tientas. Al tropezarse con un estante, rodaron Biblias, misales, salterios, antifonarios e imágenes sagradas. Quedó finalmente tendido sobre una butaca«
»En medio de la tempestad se escuchaba llorar a una niña, justamente, en casa de tu abuelo. Alumbraba el lugar una lámpara con cadena de hierro balanceada por el viento. Se exhalaba un aire de plegaria y en el ambiente flotaba un aire de misticismo. Los vidrios vibraban. Eran los frascos de remedio de la farmacia. Don Arturo estaba ausente. Había viajado a San Marcos en su lancha La Josefina para surtir la droguería El Socorro. La lluvia no cesaba. Relámpagos y truenos arreciaban con insistencia. El viento repicaba en las paredes con pavor, como huyendo quién sabe de qué espanto. De repente quedo en silencio. Una centella que pareció enceguecer al mundo torpedeó parte del techo de la vivienda de don Israel Márquez, quien había acondicionado una habitación para su miscelánea. La brisa atizó con ímpetu. Parte del cobertizo se precipitó al vacío cual antorcha provista con luces de bengala. Los pábilos se levantaban como llama expulsada en fauces de dragón. La furia del calor alarmó a sus moradores para que salieran y rescataran lo que encontraban de valor a su paso. ¡Fuego, se quema la casa de don Israel!, vociferaban. La llamarada entonces se enrumbó hacia la casa de tu abuelo, avisaban con insistencia para que la evacuaran, pero el fragor de la tormenta ensordecía; se confundía el furor de la inclemencia con el llamado de alerta de los vecinos que se habían despertado. Tocaban las paredes de madera, las puertas, las ventanas. El viento avivaba un castillo de fuego que se levantaba descomunalmente hacia las alturas. La vivienda de don Israel estaba consumida más de la mitad. Cundía el pánico. ¡Hay que tumbar la puerta!, clamaban. Lo hicieron y entraron a la casa de tu abuelo hasta que pudieron salir todos sin lastimarse. El fuego fue seducido por galones de gasolina. Eran de don Arturo que empleaba como combustible de su lancha. Hicieron explosión. El fogonazo que parecía un infierno era una isla de sol sobre una calle que diluviaba en su desenfreno. Las campanas de la iglesia sonaban alocadamente. Parecía el mundo empezando a incendiarse en medio del dolor, la angustia y el caos. La gente que corría sin rumbo se tropezaba entre sí. Las campanas no dejaban de repicar. Estampidas de caballos se lanzaron a la calle como perseguidos por el demonio. Vigas, paredes y techos se desplomaron. El fuego sin dejar de saciarse lamió la casa de don Jorge Jaller, quien también había acondicionado un aposento de su vivienda para vender telas. Las llamas subían por las tablas. Quisieron menguar, pero un torbellino las volvió a encumbrar cual torre que se perdía entre la borrasca. Los murciélagos y las lechuzas eran atrapados en la incandescencia. Aquella montaña de candela sólo pudo consumirse con el transcurso de las horas y un poco antes del amanecer. La vida cantó su victoria. «
»La noticia llegó a San Marcos en molde de telegrama para avisarle a don Arturo que su casa había sido devorada por las llamas, pero que su familia había salido ilesa. Tomó rumbo hacia aquí. Sin perder la serenidad desembarcó en el puerto y caminó ligeramente ante la mirada de quienes estaban a la expectativa. Atravesó la plazuela. Con lentitud levantó su mirada sobre la devastación que aún despedía humo, y más allá vio su corona de esperanzas, su tesoro: su familia. Lo esperaban bajo la sombra de unos árboles. Su corazón se agitó. Se acercó con alegría. Entonces, se postró con reverencia antes de abrazarlos y dijo: “Gracias, Señor, gracias por cuidar de mi familia”. Los estrechó entre sus brazos. Yo también los abracé. «
¿Tú estabas ahí? —le pregunté a Sacramento. No me respondió. Se levantó para ir hacia la niebla de la ciénaga que reposaba en su letargo. Me asaltó la inquietud para llamarle. No me escuchó ni le volví a ver, esfumándose cual fantasma entre brumas, parecía escucharse un rumor de nostalgias bogando en ciénaga de pesares, mientras el infinito iniciaba su ventura a pulso de reverberar. El viento apagó los mechones, mostrando el Fin.
Señor
Augusto Amador Soto
http://www.El San Marquero.com
Apreciado paisano
No he tenido oportunidad de coincidir con las visitas a ese amado terruño, lo que me ha privado de compartir y enriquecer mis conocimientos, aprovechando tus experiencias. El avance de los medios de comunicación, han permitido ponerme en contacto con Uds., para ofrecer mis modestos servicios, asimismo para felicitar y expresarles sinceras felicitaciones a tan selecto grupo de escritores, locutores , periodistas , libre pensadores; e hijos buenos y sobresalientes de ese pedazo de tierra que nos vio nacer; quienes aunando formas y entusiasmo difunden en el ámbito local, regional, departamental nacional e internacional las bondades y virtudes allí yacentes.
Eras un niño, cuando la imperante obligación de servir a la patria me arranco de las entrañas de ese querido lugar.
Ha sido larga la ausencia sin que ello fuese motivo para olvidar las vivencias de la niñez y disipar los recuerdos del pasado plasmados en esos parajes comunes , antes por el contrario se acrecientan cada día mas como sombras en la oscuridad del plenilunio. Como no evocar aquellas cálidas noches de verano en las que se oía en la penumbra rascar melancólicamente la guitarra por un bohemio enamorado ( Isaac ) en la calle Santander cantando “ Aurita tu serás mi esposa “ a su eterna enamorada. Promesa que si cumplió años mas tarde.
O en el parque Bolívar al pie de su ventana bajo los efectos de los vapores Alcohólicos a (Acuña ) confesarle a ( Buena ) la causante de sus desvaríos “Hace un año que yo tuve una ilusión. Hace un año y se cumple en este día y soñaba que en tus brazos me dormía”- Mientras esto Imaginariamente ocurría, en la realidad era corrido a tiros por don Juan padre de la agraciada. Actitud que lo impulso a reclinarse en otro regazo.
La hazaña de todas las tardes saliendo del puerto real hasta la boca de la ciénaga y regresar al mismo lugar sin descansar unas veces ,otras ir a la manguera del frente a físico nado ; por el Tarazan de la comarca o el Cuajao Remberto Hernández y su séquito. Extraordinario entrenamiento que hizo a los nativos campeones de natación en otras latitudes, en piscinas semiolimpicas y olímpicas; ocupar posiciones destacadas en travesías de lagunas- Tota en Boyacá Balsora en Caldas y la represa del Muña en Cundinamarca a un puñado de compatriotas
Las ocurrencias de Goyo Batata con la formula de la eterna juventud “Caldo de chacalas de Molocoy” pronunciaba en su tartajoso lenguaje. A Julio Cesar el enano, escasos centímetros mas del metro de estatura. Vino de la provincia a estudiar al casco urbano; decidió radicarse y para ello vender sus pertenecías. Con el dinero en el bolsillo no resistió la tentación de los embrujos del Cabaret los Cuatro Vientos y sucumbió. Le quedo mal a Mathew el sastre a donde había mando a confeccionar prendas de vestir para mejorar su look. “No puedo sacarte los pantalones le dijo, me tire la plata, véndeselos a cualquiera”. Eran los albores del siglo 20 aún la mercancía sigue en oferta en el mercado local.
Excúseme paisano estoy extendiéndome demasiado a causa de la emoción. Sera mejor esperar una oportunidad personal.
Estoy incondicionalmente a tus órdenes.
Saludos y recuerdos a esos viejos amigos y paisanos. Hasta pronto
Anibal