
Por AUGUSTO AMADOR SOTO
Dentro de los personajes del San Marcos histórico, estaba “Polito”; Hipólito Casarrubia Valderrama. Por confianza le decían el Polito, “pata e´ tuna” o “pata é ñame”, porque tenía seis dedos en cada pie. Pescador y bueno con el trago, no se perdía un solo entierro, y de cavar la sepultura regresaba “piao”. Los pescadores de atarraya le daban su parte del producido, para que les golpeara el agua. Para atarrayar, los pescadores acostumbran aporrear la zona de firmes o tapón para que el bocachico saliera y capturarlo en el agua limpia. Por sus seis dedos en cada pie, se decía que su golpe en el agua era más firme, más contundente que la porra de la palanca, y de maldad le asignaban este trabajo, para reírse. Él les seguía el juego y aprovechaba para ganarse su cupo sin tanto esfuerzo.
Alguna vez Polito participaba del entierro de la señora Ángela Corpo. Había pasado toda la noche cavando la sepultura y, amanecido, todavía “mordío de puerco”, ya estaba en el entierro, que fue temprano. Por costumbre, en el recorrido, la gente pregunta siempre por el nombre del finado.
Momentos en que Polito, cansado y pidiendo un trago, le sacaba el hombro al ataúd, se encontró de frente con una de esas señoras santularias que cargan el chal de la iglesia en la espalda y el rosario en las manos, para que sepan que vienen de misa. - ¿Quién murió señor? – Polito, sin detenerse y más bien reliando con la vista al de la botella, le respondió - ¡Ángela Coppo! La señora como que no le oyó bien y le insistió: ¿Mire señor… señor, cómo se llamaba la difunta? - Ángela Coppo – le volvió a responder. - ¿Cómo…. cómo Señor? - Polito ya fastidiado se devolvió, pegó un planazo en el suelo con los seis dedos del pie derecho, se impulsó de la cintura y le abrió los ojos. La señora presintiendo lo que se le venía encima, se desesperó y le gritaba…”Ya oí… ya oí… ya oí” - pero Polito, ya descargaba toda la artillería pesada de la amanecida, con el tufo a ron completico: -¡Ángela Coppo, no joda! - Como es natural, la señora ya iba lejos.
La costumbre en San Marcos era que los pescadores se iban de tarde para la ciénaga. En el hombro, el canalete, la palanca, la atarraya, y el banquito para sentarse. Toda la noche tirando atarraya, pero cuando querían ser las cinco de la mañanas, ya estaban en el puerto de Gloria Matieú, arreglando y vendiendo el producido de la noche. En la proa de la canoa, la atarraya recogida, en el centro, el botín de los bocachicos tapados con tarulla, y en la parte trasera, el banquito donde se sientan. Su vestido es ligero; una franela manga larga cuello de mondongo o amansa loco, y una paruma, consistente en una pieza de tela de malebú, que les cubre, desde la cintura hasta las rodillas, pero sin pantaloncillo. Entonces, sentados en el banquito, con el canalete atravesado de bordo a bordo, especie de plataforma, se dedican a arreglar el producto. Primero los descaman y lavan en el agua de la ciénaga, luego los arrollan. Esto de arrollar pescado es un arte. Con la mano izquierda, doblando el dedo índice sobre el pulgar en forma de arco, van rodando el espacio, mientras que con el filoso cuchillo en la derecha, van cortando la espina a lo largo del bocachico, sin mirar, porque están atentos a la venta. Hablan, atienden y siguen arrollando cada ejemplar, con una destreza y rapidez propia solo de ellos. El puerto se llena de compradores, especialmente las blancas ricachonas o las amas de casa con las niñas del servicio armadas de los sartenes, para recibir lo que van comprando.
Yadira López regresaba de Barranquilla, con un nuevo estilo en el hablar, mostrando las costumbres de la ciudad. Como la mayoría de las muchachas de pueblo, acostumbradas a su pescado, hicotea y demás comidas de acá con que se levantaron, pero que se van a trabajar a la ciudad, tienen sus aventuras de verija, y luego regresan hablando de la plaza de mercado, la ruta de los buses, de ir a mercar, de encímeme esto, las vueltas, y hay algunas que parecen desconocer sus propios ancestros. Siempre son rodeadas por las otras muchachas del vecindario, que les escuchan y celebran sus cuentos y las acompañan a todas partes.
Yadira, con un séquito de contemporáneas, visitaba esa mañana el puerto, “para conseguirse unos bocachicos, que tenía tiempo de no probar un sancocho sanmarquero”.
Parada frente a la canoa de Polito, contaba con terminología rebuscada, cómo se merca en Barranquilla. Sus acompañantes le hacían el juego y le festejaban sus exposiciones. Polito la divisó, la reconoció, pero siguió arrollando sus pescados.
La niña Yady bajó de la muralla, se acercó a la canoa. – ¿A cómo son los peces Señor? - si le compro tantos, ¿cuántos me encima? – aquel pez cómo se llama. Polito la tenía calibrada, pero disimulaba, le respondía y seguía en su faena. De pronto la niña Yady focalizó unos moncholos grandes, dentados y de escama negra, que estaban tirados en el plan de la canoa; se mostró sorprendida y con voz melindrosa de dama pechichona, le llamó la atención- ¿Ay… Señor - cómo se llama ese ejemplar de escamas grandes que está ahí ¿- preguntó.- Polito, ya un tanto retobao por la preguntadera, alcanzó a responderle: Eso es un moncholo.

La niña Yady, se hizo la sorprendida, y como impresionada por la especie que tenía delante, volvió la vista hacia las compañeras, y con mirada escrutadora, se dirigió a Polito – ¡Ay…el Ocholo!
Polito, ya resabiado, con el hambre de toda la noche en la boca del estómago y la fanfarronería de la nueva civilizada, suspendió lo que estaba haciendo, levantó la cabeza, la revisó de arriba abajo, se limpió la garganta como para que se le oyera bien, mientras le gritaba: “Si – el Ocholo… hermanito de este ve, y se levantó la paruma, dejando ver el ejemplar que le colgaba de las entrepiernas y reposaba inofensivo en el plan de la canoa. La civilizada y sus compañeras, ni siguiera alcanzaron a comprar los bocachicos; de una se fueron apenadas.