Lic. RICARDO TORREGROZA DE LA OSSA
En Francia, por ejemplo, en el siglo XVI se conocía con el nombre de “ESSAY”, “a todo estudio provisional e incompleto de cualquier orden: Histórico, filosófico, científico o literario”.
En Inglaterra, a la palabra “ESSAY”, “ENSAYO”, se le ha dado la “connotación de artículo”. También fue en Inglaterra donde, al conocerse los ensayos de Bacon, 1.597 y de Cowley, 1.567, se socializó el término para “designar la libre reflexión sobre un tema”.
Ortega y Gasset lo entiende como “una disertación científica sin prueba explícita”.
Michel de Montaigne, considerado el verdadero fundador del Género lo entiende como “una manera de poner a prueba el pensamiento”.
Armando Zubizarreta lo considera “un comentario libre en torno a un fenómeno, un tema, o un libro ya sea éste científico o de creación, monografía o novela”.
Rodolfo W. Emerson lo define en los siguientes términos: “Los ensayos son un soliloquio deleitoso acerca de cualquier tema casual que pasa por su cabeza (del autor); todo es tratado en ellos sin ceremonia y, a pesar de ello, con viril buen sentido”
Jorge L. Borge lo califica de “Género Mixto fronterizo entre lo científico y lo literario”.
Jaime A. Vélez lo juzga “el más humano de los “Géneros”.
La discrepancia no ha tocado fondo; es casi herencial. Parecería hacerse fuerte si partimos de la controvertida relatividad de la verdad, la cual subjetivisa cualquier intento de definición concreta; y es convincente que así sea. Después de todo en el Ensayo hay algo inefable que lo aleja de lo decible, lo definible.
Ciertamente, la única coincidencia de tantos autores estriba en considerarlo un Género Literario.
Otro asunto es escribir ensayos. Nada fácil, pero exequible. En principio, catalogarlo como Género Mixto, pareciera acentuar su señalamiento como ambiguo. Tal apreciación; es decir, la que lo valoriza como mixto, resulta paradójica por desprenderse del hecho mismo de ser el ensayo, alternativamente científico y literario; tanto como afirmar que es objetivo y subjetivo al mismo tiempo; que en él se amalgaman Arte y Ciencia.
Puede presumirse que afloran en armonioso antagonismo, el rigor denotativo del lenguaje científico y la connotación subjetiva, figurativa o traslaticia de la expresión literaria. Contemplado desde esta dimensión, todo ensayo conlleva la creación artística, que por subjetiva no puede prescindir del toque personal, de un cierto matiz emocional subyacente que lo humaniza haciéndolo ameno, de buen gusto y grato.
Desde la consideración de ser profundo y breve al parecer resultarían características incompatibles; porque si bien condicionan al ensayista, no lo alienan; será conciso, mas no lacónico, claro y explícito mas no difuso.
Ante el supuesto despropósito de ser profundo y breve, irremisiblemente lo condenarían a la superficialidad conceptual. Ante tal disyuntiva el ensayista se consterna; se siente supeditado ó impelido a la reflexión; concluye que no tiene mucho espacio; que la extensión no lo favorece; entonces ahonda, se sumerge y bucea; sabe que debe eliminar lo trivial y deshacerse del manejo convencional del lenguaje, en afanosa búsqueda de la palabra comunicante del pensamiento profundo.
El contraste es bien severo: El ensayo no es espacial por extensión; es esencial por la profundidad sustantiva de su contenido.
La profundidad del ensayo deriva de si el pensamiento trasciende las ideas comunes. Nada aportaríamos afirmando puerilmente, por ejemplo, que “el agua moja”. La exteriorización dialéctica del pensamiento, presupone la reflexión y el análisis en la progresión ascendente del discurso.
Por fluída que la palabra sea, no obstante la facundia de la que pueda hacer gala el ensayista, entiende que su misión antes que dar o llegar a soluciones es la de plantear problemas, informar, sugerir inquietudes. Entiende que escribir ensayos constituirá siempre un reto. El desafío resulta lógico; su cultivo es sinónimo de vigor intelectual, erudición y cultura.
En todo ensayo prevalece siempre la nota personal y la libre exposición o tesis particular sobre cualquier tema. Esta doble apreciación dimensiona al subjetivismo y la libertad como peculiaridades del ensayo. Y es cierto que de resultar propias e inalienables del sujeto (el autor), en cuanto tal, le son intrínsecas. Y más: En el ensayo, subjetivismo y libertad son concomitantes, pero lo circunscribe a pesar de la libertad de enfoque; es decir, “no dispensa al ensayista de un sentido del rigor y de una firme coherencia expositiva”.
El equilibrio de la palabra se nos antojaría precario, al considerar la Crítica como característica del ensayo. Sólo que esta lo contextualiza de forma diferente. La idea de crítica, aparentemente, y sin fundamento, resultaría cuestionante de todo ensayo. Mas la Crítica, literariamente hablando, sólo juzga y discierne. Juzga no con sentido deliberativo. El juzgamiento en ella es opinión, consideración o afirmación que emana del discernimiento que como facultad permite la distinción, la diferenciación.
De ser inherentes resulta difícil deslindarlos, porque “el juicio crítico con que el autor trata el asunto de un ensayo, es característica esencial del mismo”.
El juicio crítico consubstancial a la naturaleza del ensayo y diluido en él, ha de ser ponderado y justo. Condiciones que por resignarlo a un tratamiento mesurado y discreto lo eximen de la vehemencia inusitada en el estilo.
Ahora bien, si el ensayo es un quehacer intelectual rubricado por unas características, la manera como se implementan en el texto, determinan que el estilo sea su copartícipe, pues suele definirse como: “El sello personal que el escritor plasma en su obra”. Tal aserto parece confirmarlo Leclerc, conde de Bufón, quien sentenció: “El estilo es el hombre mismo”.
Al nominar el estilo como retórico, satírico o humorístico, motivaría el suponer que la grandilocuencia o el mal gusto pudieran medrar sobre la forma; pero la amenidad que debe primar en el ensayo, incitan al ensayista a ser espontáneo y franco.
Igualmente colegir de estas particularidades del estilo, que lo hacen vulnerable a ciertos excesos expresivos. Más bien, lo distancian de la ampulosidad verbal, la densidad metafórica, el rigorismo científico o del lenguaje de jerga.
En contraposición se deja penetrar por el lenguaje conversacional que le imprime cierto intimismo de coloquio, tornándolo emotivo.
Para convertir sus propósitos en logro, el ensayista se exilia; acude al ostracismo; se enclaustra. Es que requiere de un clima espiritual propicio. Entonces, y sólo entonces, “suelta las amarras” y emprende su aventura intelectual… ….DISCURRE.
Ya sin trabas, el pensamiento surte deleitable; y en ese libre fluir, manifestación lúdica del espíritu, coexisten yuxtapuestas, la certeza del conocimiento y la intencionalidad sincera de la verdad.
Como siempre, la genialidad explicativa del Profesor Ricardo Torregloza, Gracias A Usted por su claridad académica, sus métodos explicativos y sus enseñanzas, Usted Junto a un Gran grupo de Docentes de San Marcos, como bien son; El Profesor Eduardo Torregloza, Profesor Rafael Díaz L, José María Villera, Profesor Brieva, Profesor Maximino (Qepd), La seño Mayo, Elvia Benitez, y otros tantos que recuerdo son el vivo ejemplo de una vida dedicada a la docencia, profesión Ingrata, mal paga, pero que da grandes satisfacciones, a ustedes mi reconocimiento y desde Cartagena un Abrazo.