Un Matrimonio en Cuenca ..!!

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Por: Augusto Amador Soto

Articulo del Archivo:  Edicion #16

El “me lo sacuda” gritó Gil Acuña al divisar en la distancia una chalupa a gran velocidad. Todos se arrimaron a la orilla; el pueblo estaba a la expectativa del matrimonio de Luís Felipe Herazo Torres con la hija de Don Benjamín Montiel, la niña María Eugenia Paternina Godín, anunciado para ese día.
En la chalupa de Don Benjamín Herazo venía el padre Ángel Salamanca, un sacerdote español, blanco leche y chiveras bien tenidas. Vestía sotana blanca, abotonada hasta el cuello y sombrero safari de corcho. Al descender de la embarcación se quitó el sombrero y se colocó un bonete de calle, saludó e impartió la bendición a los presentes. Lo acompañaban, un sacristán, una monjita y dos
seminaristas.
Gil Acuña, que no le quitaba la vista a la ciénaga, volvió a gritar,entusiasmado ¡viene la banda! y como por encanto,se escucharon los primeros arpegios de la banda “San José” del maestro Juan de la Cruz Pina Arrieta; llegó tocando el porro Julio Herazo. El pueblo de Cuenca se arremolinó en el puerto, hacía tiempo no se daba un espectáculo de esa talla en el lugar. Ya en tierra, la banda complació con el tema Mi lindo San Marcos y siguió; detrás, el gentío. Eran las 8:30 de la mañana, el matrimonio era a las 09:30.
Cuenca, un corregimiento de San Marcos y pueblo de ciénaga, lo habitan pescadores, agricultores y ganaderos. Los matrimonios de ricos tenían su propia parafernalia, llevaban música de banda, repartían comida fina en abundancia y ron. La noche anterior nadie dormía, el vestido del matrimonio permanecía en la sala de la casa, a la vista de invitados y observadores. Si era largo y portaba corona, la novia era señorita; si no había corona, el pueblo murmuraba,-”está sucedida, es de segunda”. A la salida, la novia iba de la mano del papá; la cola del vestido arrastraba hasta tres metros. Delante, los niños portadores de los anillos y detrás, los padrinos e invitados. Hermosas damas de la blanquería que adornaban su cabeza con hermosas chalinas importadas, grandes collares de nácar, rosarios de perlas y manojos de flores. A su paso se percibía el perfume de las tiendas de Paris, que identificaba a la sociedad. Detrás, la banda entonando la marcha nupcial. El gentío llenaba los alrededores y hasta los perros ladrando se compenetraban en el recorrido. Lo más atractivo, la entrega de la novia a la entrada de la iglesia; siempre había llantos y la banda entonaba el vals “Tristeza del alma”. De ahí surgían los chismes de la semana.
Pero cada quien está en lo que está; los compañeros de parranda del novio, la gallada que lo acompañó toda la noche le tenía una sorpresa y Luís Felipe la esperaba. Simón Pedro lo había planeado todo. De una, se apostaron afuera del templo, todavía amanecidos. Designaron a Heráclito Rivera para que se sentara cerca de los novios, “a la derecha del cura”; su misión, darle el trago. El piloso mensajero era Jacinto, le llevaba dos tragos a Heráclito éste se tomaba el suyo y, al descuido del padre, le daba el del novio. La misa era en latín y el celebrante daba la espalda a los feligreses, de cara al altar. Todo iba saliendo bien; Heráclito observaba con disimulo los movimientos del oficiante, hasta que a éste se le desató un ataque de gripa vieja; de la primera tosida pareció desprendérsele algo cronante del pecho; hizo fuerza, desgarró y aguantó en la boca, luego escupió en el pañuelo, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la sotana. Heráclito asegura que el resto se lo tragó, por ello estuvo a punto de salirse. Se le revolvió el estómago y le entró una tragadera en seco. Lo salvó Jacinto que llegó justo con los tragos. Se empacó los dos juntos y mandó por el del novio; había pasado el golpe.

La misa avanzaba; el sacristán sacudió tres veces la campanilla, era la consagración. La banda, desde la nave central entonó el himno nacional. El retumbar de los instrumentos se prolongó en el tiempo, desvaneciéndose lentamente. Los novios comulgaron y los invitados también. El celebrante impartió la bendición, pero al bajar, rodeado del sacristán, los seminaristas y la monja, ya para bendecir e intercambiar los anillos de los novios, desde la puerta mayor se escuchó un estrépito seguido de alaridos, empujones de bancas y caídas de zapatos; por 15 segundos reinó en el templo una expresión de pavor.
Alguien gritó - ¡una babilla! lo que empeoró la situación. La iglesia estaba llena. El reptil enloquecido corría por la nave central y rehendiendo gente buscaba una salida por entre la multitud asustada. Caían rosarios, collares, chalinas, misales, floreros, candelabros. El pánico hacía subir a niños y mayores en las bancas, en los ventanales, y hasta en la pila bautismal; cada quien trataba de salvar su pellejo. El padre Ángel, desesperado alcanzó a subirse al pulpito y al divisar el animal corriendo por el templo, gritaba “el demonio…. el demonio…recen, hay un pecador en el templo, es Satanás, pero nadie le oía. El tropel pudo durar 20 minutos que parecieron horas, hasta que los gestores del impase, gozándose el espectáculo, inmovilizaron la babilla tomándola por el pescuezo y la cola, y entre los cuatro se la llevaron.
Restablecida la calma y convencido el sacerdote que se habían llevado “la fiera”, recordó en su interior las costumbres de España; en su Pamplona de infancia, para las fiestas de San Fermín, también soltaban los toros de lidia a la calle, y el pueblo se gozaba la alegría del desorden. Entonces se metió en el cuento, pidió atención para continuar la misa eso sí, sin dar la espalda a la feligresía, y desde el otro lado del altar impartió la bendición. Luego, como contagiado todavía por lo que consideró parte de los festejos, gritó a todo pulmón: que vivan los novios, que suene la banda y que siga la fiesta.
El maestro Pina obvió el vals de la salida y reventó con el fandango “El 20 de enero”, como quien dice, la fiesta del matrimonio arrancó desde el altar mayor. El padre Ángel y sus séquitos acompañó el tumulto carnavalesco hasta la casa paterna del matrimonio, desestimó cualquier intento de excusas y, preguntando logró encontrarse con el montoncito de la charada. Entonces, mostrando una sonrisa de complicidad, se dirigió al grupo -vení….vení….venid vosotros, los villancicos de la fiesta…¿dónde está el reptil endemoniado?-
Jacinto respondió ya se fue Padre. Y en coro agregaron “Le dimos comida y la echamos al agua.- -¡Os agradezco el dramatizado!- les echó la bendición y se despidió. Luego contando la anécdota desde el pulpito en San Marcos agregaba que, jamás de lo que le quedaba de vida se le olvidaría la evidencia experimental de “Un matrimonio en Cuenca”.

Publicado Por Jose on Nov 24th, 2009 and filed under Cuentos del Pueblo. usted puede seguir las respuestas a esta entrada atraves de RSS 2.0. You can leave a response by filling following comment form or trackback to this entry from your site

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