
Por AUGUSTO AMADOR SOTO
Mordió una culebra a Luís Manuel, cuando “cogía” hicotea en la ciénaga del Papayo. Lo trajeron en una canoa hasta el puerto de los Chiqueros (Guayepo), de ahí en una hamaca hasta la casa del médico tegua, o yerbatero, Don Vicente Molina Causil, único que curaba las mordeduras de toda clase de culebras”.
Las llamadas “picaduras” de culebras encerraban un misterio para los pueblos de ciénagas y sabanas. Al “picao de culebra” no lo podían visitar, una mujer encinta, con la menstruación, o que hubiera dormido con hombre. El sereno de la noche, la luna nueva, estaban prohibidas para el enfermo. Y, lo peor, “la picadura de culebra no la curaba médico”.
Tan arraigado estaba este concepto, que el Señor Mulet, capataz de la hacienda Tierra Santa, tenía la autorización de Don Augusto Amador Pérez, administrador general de los bienes de Don Ñañe Pérez, para comprar la hiel de todas las culebras que se mataran en la zona, para casos de mordeduras.
En San Marcos había médicos generales muy buenos, con sus anécdotas acuestas. El más popular de todos, el “Dr.Fortiche”. Atendía a niños y viejos con una familiaridad pasmosa; no les cobraba la consulta y la muestra médica que tuviera, se la daba al paciente. Además de su sencillez como profesional, tenía sus ocurrencias. En alguna ocasión lo consultó Magdaleno Molina, un pescador de la “Verea”, confluencia del Caño de San Marcos y el Río San Jorge. Se quejaba de un dolor, según él, que le nacía en la cruz de los ojos, le cogía el palo de la nariz, le llegaba al barrote de la quijá, de ahí le brincaba a la tabla del pescuezo y se le escondía en el listón del lomo”.
El Dr. Fortich, con el fonendoscopio todavía en el hombro, después de escucharlo atento, sin despabilar, tomó dos frascos del escritorio, lo miro a la cara como mostrándosele sorprendido, exclamó – “Carajo – estás grave. Llévate estos remedios y llega donde Silverio que te revise”. Silverio era el carpintero que ajustaba todos los muebles y escaparates viejos de la blanquería en San Marcos.
Estaba el Dr. Luís Herrera. Atendía toda la mañana en su consultorio. A las cuatro de la tarde se montaba en su Renault 4; despacio recorría toda la población. A mínima velocidad, cada tanto hacía la parada y se tomaba un trago; cargaba la botella al lado del cojín. Le decían “trago pasiao.
En la periferia, los yerbateros. Era famoso Don Julio “Raigú” o Raidú. Curó a la Señora de Julio Domínguez de una gordura extrema que le dificultaba los movimientos.
Con un brebaje embotellado, compuesto por él, la soltó en orina dos días, que la dejó delgada, en el peso normal. A Julio Gervasio lo curó de una asfixia crónica de nacimiento. A toda hora se mantenía con opresión que le originaba un silbido y una delgadez encorvada, por lo que le decían “El Carrao”. Le hizo traer la manteca de una iguana gorda, con la que le compuso unas tomas. Julio Gervasio se curó de por vida, pero nadie supo la receta. Don Julio Raigú se llevó a la tumba todas esas fórmulas, sus secretos curativos, porque murió relativamente joven.
Don Marcos Soto, famoso por sus curaciones. Se sacaba las muchachas nuevas, las preñaba y se buscaba otra. Era hembrero, las mujeres le parían hembras. Dentro de su tolerancia, algún día expresó “Todo eso sirve; la que no sirve pa”l matrimonio, sirve para el cabaret”.
Y Don Vicente Molina, respetado por sus aciertos; nunca falló en un tratamiento. Pero como en los pueblos a todo le sacan filo, a Don Vicente los muchachos callejeros se burlaban de él porque tenía los dientes delanteros (léase incisivos) bastante salidos, que no le permitían cerrar bien la boca. Le decían Vicente Diente; al él no le gustaba.
La muchachera sin oficio, cuando pasaban por la casa y lo divisaban, le gritaban: Adiós Don Vicente Diente, y él daba la piedra. Los conocía a todos y los tenía fichados.
El caso que nos ocupa, el mordido de culebra era uno de ellos, Luís Manuel Arrieta. Se lo llevaron en una hamaca. Desde que lo bajaron lo conoció y se hizo el desentendido, concentrado en lo que estaba haciendo. El muchacho, sentado en el sillón que le asignaron, se quejaba seguido; el dolor y la impresión de una mordedura de culebra, le afianzaban la gravedad. Don Vicente le pasó por delante, y ni lo miró. El muchacho lo clamaba casi llorando, pero el médico regresa, volvía y pasaba, pero se hacía el oreja sorda.
Luís Manuel insistía en llamarle la atención cuando le pasaba por delante.- “Ay Don Vicente, Don Vicente…. No me deje morir Don Vicente.
En una de esas imploraciones, Don Vicente medio se detuvo, satisfecho porque se la estaba cobrando, y sin mirarlo, le reclamó – Ah…… Ahora soy Don Vicente; ya no soy Don Vicente Diente… alargó el paso y siguió sin atenderlo.
El muchacho quejándose lastimeramente, implorando atención, por lo que Don Vicente volvió a pasar y se le paró delante. Luís Manuel lo tomó de la mano, ya resignado a su suerte, mientras le preguntaba.- Ay Don Vicente, dígame la verdad Don Vicente – ¿me moriré Don Vicente?.
Don Vicente se limpió el pecho maliciosamente, lo miró a los ojos mientras le sentenciaba: -“Ná de raro tiene, fue culebra lo que te picó; ¡Y… mapaná ¡–
Por supuesto que lo curó, pero lo puso a sufrir un rato, como dicen en San Marcos, “A parir un hijo macho”.