UNA MUJER PARA NEGAR LA NEGACIÓN

Cuento ganador en el “2º Concurso de Cuento El Sanmarquero”, en homenaje a Augusto Amador Soto.

La premiación se realizó, el 17 de octubre, en el club de Leones Perla del San Jorge, de San Marcos, en el marco de la celebración del 4º aniversario del periódico El Sanmarquero. En segundo lugar el premio fue para Deiby Alfredo Lara Ruíz, con el cuento titulado: “No Morirás” y en tercera posición, Ledys rosa Piña Támara, con el cuento “Piel Morena”.

Autor: Pedro Núñez Vilaró*

Me desperté asustado, después de haber tenido una horrible pesadilla durante toda la noche, sintiéndome tensionado como si algo me fuera a pasar, abrí la ventana y pude ver que el alba comenzaba a despedirse, igual que la leve bruma decembrina. Salí del cuarto y pasé a la cocina directamente donde estaba el termo de café y me serví un tinto.

Al tomar el último sorbo de café, me dio una corazonada que me decía que durante el día me sucederían dos cosas: una fatal y una de entusiasmo. Giré el pensamiento de una gradualidad que no me diera cabida a pensar las dos cosas, más bien, me levanté de la silla rimax y me dispuse a dar una caminata en medio de la espléndida mañana.
Al llegar a la oficina de Planeación, mi lugar de trabajo, la secretaria me aguardaba para mostrarme un periódico regional, en que se informaba de un fallo condenatorio a varios funcionarios, entre ellos estaba yo. Leí la prensa y quedé anonadado, me encerré a divagar lo poderoso que es la mente, horas atrás tenía el presentimiento no deseado, pero se plasmó.

Respiré y decidí enfrentar la desgracia y darle la cara. Tomé la decisión de viajar ese mismo día a la ciudad de Bogotá, donde radicaba mi expediente condenatorio. Salí del pueblo bajo un sol incandescente, meridional, apretujado en un moderno colectivo, enteramente refrigerado. Dos horas después, apeaba en el terminal de Montería, lugar de itinerario que sirve de puente aéreo a la ciudad capital.

Sosegado por la desesperación, me dieron ganas de devolverme. No me sentía bien, desganado y alicaído, distinto a otras veces que al llegar al sitio aeroportuario, era un deleite estar ahí. Pasé a la cafetería a comer algo ligero. Al estilo de los almuerzos cuando era estudiante Universitario –empanada y gaseosa–, volví a la sala de información a ocupar uno de los escaños de fibra, a esperar que me atendieran.

El reloj de mi celular indicó las tres de la tarde, tiempo en que la oficina de las Aerolíneas comenzaba a abrir a sus clientes. Compré el pasaje y nuevamente volví a la silla que había ocupado inicialmente. En aquel instante vi llegar a una mujer joven, esparciendo en su derredor un eco sideral, asolando un equipaje de maletas con finas rodachinas, que casi rozándome pasó como un alfil al mostrador de la aerolínea que me había vendido minutos antes el tiquete, yo la asechaba, sentí una señal misteriosa que me dirigía la vista sin remedio al lugar donde se desplazaba entre la muchedumbre; en ese momento sentí que la sombra de mi desgano desaparecía, era su presencia. Me acerqué tímido y me coloqué hábil detrás de ella, que hacia cola para lo del pasabordo. De tajo sabía que compartiríamos el mismo avión. Saber que estaba detrás de ella y contemplarla de cerca, conjuraba mi desgracia - la noticia de la mañana -.Estar a su lado me alegraba, no sabia que hacer con ella, sentía un temor intenso si me dirigía a susurrarle lisonja a sus oídos. Aturullado, imploré compasión con mi mente, lo puse a prueba, concentrándome en ella para que volteara hacia atrás, ya que mis labios se negaban a pronunciar palabras. Bastó la insinuación rogada, de inmediato la tenía mirando hacia atrás como queriendo interpelarme, suficiente para calarme con palabras almibaradas y ella dispuesta como polen de rosa abierta, se filtró una amistad de crepúsculo atardecer.

Vestía bien, como clave de sol para una sinfonía a su frágil cuerpo de albatros. Ataviada con prendas de la última colección, una camisa almillada que la arropaba desde los puños al cuello, de lencería blanco; un ajustado jean que dejaba descubierta su cadera, unos zapatos puntiagudos, análogos a los que se pone la presentadora de televisión Natalia Peralta. Tenía voz dulce, su rostro podría compararse con una bella “Top Model”, de ojos brillantes, cada vez que me miraba producía la impresión de que destellaban chispas; sus labios frescos y melosos inspiraban el deseo de besarlos y riquísima su oscura cabellera que al mover la cabeza despedía rayos de luz, su figura juvenil me alelaba. La voz sonora de los altos parlantes nos interrumpió, anunciando la partida hacia la brumosa capital. Conocerla fue negar lo de la mañana.

Nos despedimos quedando su rostro permeado en mi disco cerebral como recuerdo de albricia, al rozar sus manos para despedirnos, sentí que me abrazaba el alma un juego desconocido, un cataclismo emocional.

Publicado Por Jose on Dic 12th, 2009 and filed under General. usted puede seguir las respuestas a esta entrada atraves de RSS 2.0. You can leave a response by filling following comment form or trackback to this entry from your site

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